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reflexiones sobre administración pública inteligente

lunes, 3 de noviembre de 2008

Cuando las neuronas no dan para más


En los duros tiempos que corren de crisis económica empiezan a aparecer por las distintas Administraciones públicas diversas versiones de los llamados Planes de Austeridad y Reducción de Gastos:


Se van a poner en marcha en breve nuevas medidas orientadas a conseguir ahorros adicionales en el gasto de bienes y servicios ordinarios. Se pretende dar cumplimiento del objetivo de austeridad y reducción de costes establecido por el Gobierno para toda la Administración.

El Plan de Austeridad y Reducción de Gastos (PARG) insta a que cada organismo de la Administración establezca su propio plan de acciones para conseguir reducciones complementarias de gasto. Propone que sean las unidades responsables de las decisiones de gasto las que formulen y establezcan mecanismos sencillos para una gestión y control de gastos que refuercen el rigor y la austeridad como características destacadas de la gestión.

Dicho Plan reunirá el conjunto de medidas propuestas por las distintas unidades y se contemplarán acciones tendentes a propiciar ahorros adicionales en comunicaciones, desplazamientos, consumibles de oficina o reproducción, promoción y publicidad, contratación de servicios externos, y suministros en general, entre otros capítulos.


Se trata de tomar medidas para reducir el gasto corriente y ajustar más aún las partidas presupuestarias en un contexto de contención. La iniciativa en sí misma es lógica y necesaria: se gasta mucho dinero innecesariamente en el funcionamiento de una Administración a veces sobredimensionada en ciertas áreas de actividad.

El problema viene cuando hay que empezar a trabajar con detalle el diseño del Plan y las medidas que tendrán que implantarse. Se opta por el recurso fácil de sacar del cajón planes anteriores, por medidas recurrentes y simplistas basadas en el recorte universal (para todos y para todo): si hay que ajustar los gastos de viaje, nadie tiene autorización de viajar; si hay que reducir el consumo de teléfono, se suprime el acceso a línea exterior; si hay que reducir el consumo de papel, desaparecen los paquetes de folios; si hay que reducir el gasto en consumibles de oficina, te tienes que traer el boli de casa o apagar la impresora. Surgen además como nuevas figuras emergentes todos aquellos burócratas de medio pelo con función controladora que se sienten fuertes condicionando la actividad cotidiana. Quien trabaja en alguna institución pública sabe bien de lo que estoy hablando.

Y es una pena porque no todo es negativo en estas circunstancias. Son una magnífica oportunidad para repensar muchas cosas que se mantienen por inercia e impulsar nuevas dinámicas de actuación. Pero la realidad es que se suelen desperdiciar estas oportunidades. Al final acaba poniéndose de manifiesto una alarmante falta de ideas e imaginación, una incapacidad histórica para discriminar o sintetizar. Algunos no dan para más.

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