Hace unos días me entrevistaron en Expansión sobre el impacto de la evaluación del desempeño y la asignación de incentivos en el ámbito del empleo público. Os copio el reportaje completo por si es de vuestro interés:
La rutina del procedimiento complicará evaluar a los empleados públicos
Los expertos creen que para implantar con éxito un
sistema de retribución variable, tal como planea el Gobierno, se
debería poder evaluar al funcionario en función de objetivos, lo que es
incompatible con la rutina de de completar el procedimiento que impera
en las administraciones públicas españolas.
Según adelantaba a comienzos de mayo Expansión.com, el Gobierno aplicará por decreto
la retribución variable por objetivos y desempeño a los funcionarios, laborales y eventuales del Estado, autonómicos y locales. La medida ya prevista en el Estatuto Básico del Empleado Público
(EBEP), desarrollará el Reglamento de la Ley del Estatuto del
Funcionario Público, que sacó adelante el exministro de Administraciones
Públicas, Jordi Sevilla, en 2007, pero cuya aplicación está paralizada
desde entonces. El vicepresidente tercero del Gobierno de Zapatero, Manuel Chaves,
también intentó retomar la puesta en marcha del Estatuto Básico del
Empleado Público (EBEP) y anunció a finales de 2010 que el Ejecutivo
estaba estudiando aplicar una "fórmula" para ligar parte de la nómina de
los funcionarios a su productividad, tal como había demandado la
patronal CEOE.
La premisa para evaluar es que exista cultura de gestión por
resultados; sólo así se puede construir un sistema que evalúe la
contribución de los empleados públicos a diferentes niveles. Hasta ahora, la Ley de Presupuestos marcaba bolsas de productividad
para los funcionarios, pero es un parámetro más estructural que real.
Sólo en algunos departamentos de la Administración, como la Tesorería
General de la Seguridad Social o la Agencia Tributaria o el cuerpo de
Abogados del Estado, incluyen criterios de productividad en los salarios
de sus empleados públicos. El sistema de retribución por objetivos en
las plantillas públicas no está demasiado extendido en nuestro país.
"Hay algunas experiencias en el ámbito de la inspección de Hacienda o
de la abogacía del Estado. También en determinadas autonomías se
incentiva a los médicos por objetivos de reducción del gasto o
incapacidad temporal", pero "son experiencias aisladas y un tanto
dispersas", explica Óscar Cortes, vicepresidente del Club Dirección
Pública de la escuela de negocios Esade. El motivo es que la metodología
del procedimiento en las Administraciones españolas dificulta la puesta
en marcha de estas iniciativas.
Francisco Ivorra, director de la Consultoría de Recursos Humanos de
PwC y colaborador del Centro de Innovación del Sector Público de PwC e
IE, añade que en "en algunas comunidades autónomas hemos identificado
algunas buenas prácticas en este ámbito, pero está menos generalizado y
en administración local y central están llegando con un poco más de
retraso, con iniciativas más enfocadas a servicios que con carácter
global".
Los expertos en gestión pública creen que para que este modelo
retributivo tenga éxito, es necesario implantar la cultura del incentivo
en las plantillas públicas en vez de basarse en la rutina de cumplir el
procedimiento. "Por lo general, los casos de éxito vienen ligados a
sistemas públicos fuertemente orientados a resultados como los nórdicos o
los anglosajones", señala Cortés. "La premisa para evaluar es que
exista esa cultura de gestión por resultados; a partir de ahí se puede
construir un sistema que evalúe la contribución de los empleados
públicos a diferentes niveles".
Los casos de éxito vienen ligados a sistemas públicos fuertemente orientados a resultados como los nórdicos o los anglosajones.
La premisa, la gestión por resultados
Este
experto cree que primero habría que extender en los ámbitos del sector
público que corresponda, no necesariamente en todos, una cultura de
orientación a resultados, abandonando la vieja cultura de gestión por
procedimientos instalada en las Administraciones. "Una vez que cada organización pública tenga perfectamente definidos
sus objetivos impactos en el marco de una política pública, se podrán ir
desgranando esos objetivos en los diferentes niveles de
responsabilidad. El cumplimiento de los objetivos generales, unido a los
orgánicos y personales que se tengan atribuidos sumados a la valoración
por competencias de cada empleado, es lo que debería ser el conjunto de
la evaluación. Además de los datos neutros que dan las cifras, es
preciso eliminar la subjetividad haciendo intervenir a diversos
responsables (no sólo el directo), colaboradores externos e internos y
colegas de similar nivel".
Ivorra subraya que "la adopción de la filosofía de la dirección por
objetivos no es una opción para las administraciones públicas, sino un
imperativo legal derivado de la Ley General de Presupuestaria, que
declara que su actividad económica-financiera tiene como fines el
desarrollo de objetivos y el control de la gestión de los resultados. En
este sentido, resulta por tanto preciso que los objetivos se expresen
en términos de resultados, y no como metas genéricas". Ahora bien, es fundamental "establecer mecanismos que hagan posible
que el discurso político se convierta en acción: necesidad de planificar
de la administración, gestión proactiva para anticipar soluciones y
establecer la responsabilidad por el cumplimiento de los objetivos y
metas planificados".La adopción de la filosofía de la dirección por objetivos no es una
opción, sino un imperativo legal derivado de la Ley General de
Presupuestaria
Cortés cree que extender la política de retribución variable a las
plantillas públicas no sería, a priori, lo más acertado. "Lo más
importante no es la universalización, sino priorizar en términos de
coste-beneficio. Primero dependerá de cada organización pública y de su
naturaleza, las hay que producen un valor público difícilmente medible
en términos de resultados objetivables. Otras prestan un servicio que se
puede y se debe valorar". Posteriormente "habrá que ver dentro de cada una cuáles son las
funciones que inciden de forma más clara y directa en la obtención del
resultado. A partir de ahí se puede valorar si se extiende a más
colectivos. Lo público es demasiado complejo para dar recetas que sirvan
en todas las circunstancias; hay que ver caso a caso".
Ivorra cree que sí que habría que extender el pago por objetivos a
todos los funcionarios y empleados públicos. "Resulta difícil imaginar
que el trabajo de determinados empleados o colectivos públicos está
exento de medición. Eso no quita que es importante definir el nivel de
despliegue adecuado -de organización, departamento/servicio,
individuales-, los objetivos cuantitativos y cualitativos y el nivel de
afectación y alineamiento de otras políticas". Añade que la responsabilidad para que el modelo funcione no sólo
recae en los gestores o en los directivos públicos, sino en todos los
empleados de las Administraciones Públicas, "porque la gestión por
objetivos debe ser entendida, asumida e impulsada por todos.
Adicionalmente, todos estos procesos requieren de una supervisión desde
recursos humanos al objeto de ajustar y asegurar la ejecución homogénea.
Esto ocurre tanto para organizaciones que se enfrentan por primera vez
como aquellas ya maduras en estas prácticas de gestión".
La responsabilidad para que el modelo funcione no sólo recae en los
gestores o en los directivos públicos, sino en todos los empleados
públicos
Ventajas, pero también inconvenientes
Estos
especialistas ven ventajas, pero también inconvenientes, al modelo
retributivo variable. "Si el sistema de evaluación está bien planteado
las ventajas son indudables: mejora en el rendimiento de las
organizaciones, activación de la energía institucional, puesta en valor
de las inquietudes de los empleados o la optimización en la asignación
de recursos", detalla Cortés.
"Pero los inconvenientes también existen y suelen ignorarse: son
sistemas complejos, con una importante carga burocrática, que consumen
esfuerzos y emociones por todos los que participan. Los objetivos no
siempre son fácilmente cuantificables; hay riesgo de subjetividad y que
el incentivo o la sanción no esté alineado con las inquietudes de las
personas". Asimismo, se pueden dar disfunciones en determinados servicios
públicos, según sugieren algunos sindicatos de Función Pública. Por
ejemplo, en los servicios de atención al público la evaluación puede ser
más sencilla, como el número de personas atendidas, encuestas de grado
de satisfacción, etcétera, pero ¿qué criterio se seguiría para medir el
desempeño en profesiones tales como los médicos, los policías o los
profesores, por poner sólo algunos ejemplos?
Mejor ningún modelo a uno malo
Según Cortés,
estas disfunciones se pueden producir. "Un buen sistema de evaluación es
altamente complejo y no es fácil de diseñar, por eso en la práctica se
adoptan medidas simplistas que establecen resultados fáciles de medir,
pero que no explican o contribuyen a solucionar el problema público en
cuestión. Por ejemplo: es muy fácil a un policía medir por número de
multas emitidas pero, ¿eso contribuye a reducir el número de accidentes,
si ése es el objetivo?", se pregunta. Será preciso vencer cierta resistencia de los centros gestores
basadas en la percepción de que redundarán en una mayor vigilancia
Por eso, "los indicadores deben ser más complejos", explica. "Por
otra parte, los resultados se vinculan a incentivos o sanciones que no
tienen por qué ser aquellos que motiven al profesional: se piensa en los
económicos pero hay otras muchas cuestiones que subyacen en el
desempeño de una persona. Antes que diseñar un mal sistema de evaluación
es mejor no tener ninguno; los costes de un mal sistema son demasiado
elevados".
Ivorra añade que el pago por objetivos, sin duda, "contribuye a la
recuperación de los valores y sentido propio de la Administración al
Servicio del Ciudadano, es un modelo de gestión que a través de
objetivos e indicadores permite comunicar la estrategia y los valores
del organismo y medir si se llevan a cabo. Además, es una herramienta de
gestión que ofrece una mayor agilidad y operatividad en sus procesos de
toma de decisiones, lo que da soporte a los retos futuros de la
Administración". Asimismo, "facilita a los responsables de la organización
‘operativizar la estrategia’, es decir, transformarla en objetivos
operativos relacionados entre sí y dotarlas de indicadores que permitan
medirlos, potencia la asunción de responsabilidad del directivo público
como gestor de recursos públicos y permite captar talento profesional
procedentes de otras disciplinas".
No obstante, Ivorra coincide con Cortés en que la fórmula no está
exenta de dificultades. "El establecimiento de un sistema de indicadores
no es una cuestión exenta de dificultades: En primer lugar, será
preciso vencer cierta resistencia de los centros gestores basadas en la
percepción de que redundarán en una mayor vigilancia". La contrapartida no siempre debe ser económica: hay otras como el
desarrollo profesional o el refuerzo de confianza que muchos
funcionarios darían por bueno,
Es más, "la dirección política también puede mostrar ciertos recelos,
ya que puede ser considerado un potente instrumento de control.
Asimismo, existen dificultades para medir los resultados (outputs) de la
gestión pública, derivados de la complejidad para calcular ciertos
costes. Por último, este sistema enfrenta la dificultad de definir
comportamientos alineados con los valores de la organización, y
establecer indicadores que permitan su medición". "No obstante, sin un sistema de indicadores de gestión que
proporcione información sobre el nivel de consecución de los objetivos
propuestos, será imposible saber si los estamos cumpliendo o si debemos
adoptar medidas para corregir desviaciones", remacha.
Pensar en términos de inversión, no de gasto
Cortés explica el retraso de la aplicación del pago por objetivos,
prevista en el EBEP desde hace cinco años. "El desarrollo del EBEP -no
sólo en este ámbito, sino en todos- depende de muchos factores, entre
los cuales podríamos citar una creencia que se incrementaría el coste de
personal, la oposición de ciertos colectivos de empleados públicos
reacios a la puesta en marcha de cambios que modifiquen sustancialmente
sus condiciones, o simplemente que hay otras prioridades en la agenda
política como es la lucha contra el déficit". Pero, ¿es cierto que es modelo puede salir caro para las
Administraciones Públicas? Cortés cree que es un error pensar en estos
términos. "Si se piensa en alicientes de tipo económico y se plantea un
buen sistema de evaluación por desempeño, quizá a corto plazo sí
supondría un incremento del gasto que nadie quiere afrontar en este
momento".
En ese caso, "depende cómo se plantee, pero los hipotéticos mayores
costes de hoy se amortizarían con creces con el ahorro y el beneficio de
mañana. Pero la contrapartida no siempre debe ser económica: hay otras
como el desarrollo profesional o el refuerzo de confianza que muchos
empleados públicos que darían por bueno en compensación al cumplimiento
de objetivos".