Coto a los directivos públicos

Siendo como es una organización de personas, el talento es la base para el éxito de la Administración en las próximas décadas. Atraerlo y retenerlo se convierte en una necesidad - diría yo - estratégica, mayor aún si hablamos de los puestos directivos desde una perspectiva de dirección pública profesionalizada.
La tozuda realidad nos muestra, sin embargo, una tendencia más bien contraria. Tendencia que se agrava con algunas de las medidas tomadas en el transcurso de esta crisis de nunca acabar.
Hablemos por ejemplo de aquellas que afectan directamente a retribución y ceses de directivos públicos.
En cuanto a la retribución el Gobierno ha fijado - para puestos directivos- un tope máximo en el sueldo base de 105.000 euros anuales (según el tipo de organización) , que pueden verse incrementados por un complemento de puesto e incentivos de gestión. Un sueldo relativamente superior al de los más altos cargos políticos - aparte habría que preguntarse si están bien remunerados - pero que , aún asumiendo que lo público no puede ni debe equiparase con lo privado (tampoco en salarios), puede considerarse insuficiente si en algunos puestos de lo que se trata es de atraer el talento de los mejores profesionales en un determinado sector . Con la que está cayendo - ajuste y desprestigio de lo público - es sin duda una medida "popular" que despierta simpatías en el ciudadano medio, atosigado por todas partes; también bienvenida en todo lo que pueda aportar de transparencia, claridad y coto a posibles excesos en unas cuantías que directa o indirectamente pagamos todos.
Similar razonamiento aplica a la cuestión de los ceses o extinciones de contratos laborales de alta dirección. En el primer caso es lógico que no exista indemnización, al tener el empleado público la posibilidad de volver a su puesto de origen. Pero en el segundo, la indemnización de siete días por año con un tope de seis meses para profesionales que en un momento dado decidieran aceptar un puesto directivo público viniendo del sector privado pudiera antojarse escasa y más por las circunstancias "de riesgo" no estrictamente dependientes de resultados de gestión que vienen asociadas a la naturaleza de lo público (p.ej. cambios políticos). Esa mayor incertidumbre o volatilidad en la función directiva pública no sólo no se ve compensada - para profesionales del sector privado- en la cuantía de extinción sino que ésta se reduce drásticamente, reconociendo no obstante que tampoco eran de recibo para ciertos puestos públicos blindajes astronómicos ni opacos a la opinión pública. Esa mayor prima de riesgo dificultará contar en lo público con ciertos profesionales de prestigio.
Conclusión: si entendemos la dirección pública como un espacio abierto al conocimiento profesional experto y no como un guetto de funcionarios cargados de trienios son medidas discutibles puesto que dificultarán la capacidad de atraer y retener talento en el sector público. Sin embargo en términos de transparencia e higiene en la gestión son medidas necesarias, sensatas y razonables.

