La política de la crisis

La designación de tecnócratas al frente de los gobiernos de varios países ha puesto de moda el debate sobre cuáles son más convenientes, si políticos o técnicos al frente de las instituciones públicas. En mi opinión es incuestionable el papel de la política en la dirección de lo público.
Me parece sumamente peligroso, no ya el que que la política pueda ser o esté siendo sustituida por la tecnocracia, sino el mero hecho de que se plantee este debate. ¿Por qué entonces? Quizá se trate de un episodio más de ese saco de episodios inéditos que vienen ocurriendo últimamente, un torpedo más (y ya van unos cuantos) sobre lo público.
La política, por delegación de los ciudadanos (no lo olvidemos, es importante), tiene la legitimidad democrática para dirigir los asuntos públicos. Su servicio a la sociedad se basa principalmente en recabar las distintas necesidades que se producen y resolverlas, gestionando los conflictos, buscando soluciones que cuenten con un respaldo suficiente y repartan los esfuerzos. En estos tiempos de grave crisis, la política es más importante que nunca, precisamente por la tremenda incertidumbre, inestabilidad que nos rodea sino por la ambiguedad y poca definición de los problemas, su carácter transversal y global, y los impactos sobre la igualdad y cohesión social que las distintas soluciones pueden plantear. Salir de la crisis es importante, pero también cómo se sale de la misma y las consecuencias a largo plazo que se puedan ocasionar. No es esa la perspectiva técnica, la cual desde un conocimiento experto aborda soluciones teóricas a los problemas, basadas en planteamientos racionales de decisión. Nada más alejado de la realidad que demandan problemas públicos cada vez más complejos y retorcidos.
Por tanto, no deja de ser cuando menos sorprendente, que cuando más necesaria es la política más se la cuestione y más aparezcan debates de este tipo. Otra paradoja más. ¿Motivos? Hay muchos, algunos que aquí no vienen a cuento. Quizá uno pueda ser el desprestigio de la política. Mis alumnos en la universidad me manifestaban el otro día su alejamiento de la política y su mala opinión de ésta. Nada que os pueda sorprender. Pero les animaba a no confundir política con (partidos) políticos invitándoles a estudiar el caso de Sergio Fajardo, alcalde de Medellín (2004-2007) como ejemplo de lo que la política supone y de cómo cualquier ciudadano teóricamente (si no sufriéramos este sistema partitocrático que tanto ahoga) puede dar el salto a la acción en los asuntos públicos.
Volviendo al inicio, la política sigue siendo no necesaria sino imprescindible. Lo demás supone una anormalidad; una más de las tantas que nos están tocando vivir en estos tiempos difíciles.


